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VALORES DE VIDA, VIOLENCIA Y DIGNIDAD HUMANA EN LA CIUDAD

VALORES DE VIDA, VIOLENCIA Y DIGNIDAD HUMANA EN LA CIUDAD

04 dez 2017

VALORES DE VIDA, VIOLENCIA Y DIGNIDAD HUMANA EN LA CIUDAD

Carlos Aurélio Mota de Souza*

D. Octavio N. Derisi: Hay oposición entre el bien de la persona y el bien común de la Ciudad?
Introducción

Frente a los diversos totalitarismos, negadores de la libertad y de los derechos de la persona humana, filósofos espiritualistas tratan de fundar solemnemente la supremacía de la persona sobre la Sociedad política o Estado.

Sostienen la tesis de que bien de la persona y bien común de la So-ciedad son dos bienes esencialmente integrados, correlativos, hecho el uno al otro, de tal manera que no se puede alcanzarlos plenamente, ni destruir o menoscabar uno sin herir el otro.

Se habla del bien personal y del bien común como de dos bienes que pueden llegar a oponerse; todavía, la tesis es que el bien de la persona y el bien común de la Sociedad son dos bienes esencialmente integrados, más aún, correlativos, hecho el uno para el otro.

Y en la Política, Aristóteles ha desarrollado sus conceptos de ciudad y de ciudadano. La ciudad (pólis) es la comunidad última, tenien-do por finalidad el bien común, y sólo en ella el hombre puede alcanzar la vida perfecta y la felicidad. Para Aristóteles, ciudadano es el que tiene derecho de ejercer funciones públicas, tales como participar en la fun-ción judicial y la deliberativa, de ejercer la política.

Desafío al futuro

De hecho, el Estagirita define la ciudad como la última forma de comunidad humana, aquella que puede permitir a los hombres una vida mejor. De ello resultan dos consecuencias casi inmediatas: la ciudad existe naturalmente y el hombre vive por naturaleza en ciudades.
Aristóteles le confiere desde luego la finalidad más elevada: si los hom-bres viven en ciudades, no lo hacen solamente por no poder evitarlo, sino para alcanzar lo más alto, el más grande de los bienes, la común unidad.

Para él, el concepto de pólis estaba asociado a los fines que el gé-nero humano debe tener en vista y de los medios que la razón indica pa-ra la consecución de tales fines:

Vemos que toda ciudad es una especie de comunidad, y toda co-munidad se forma con vistas a algún bien, pues todas las acciones de to-dos los hombres se practican con vistas a lo que les parece un bien; si to-das las comunidades apuntan a algún bien, es evidente que la más impor-tante de todas ellas y que incluye a todas las demás tiene más que todo este objetivo y apunta al más importante de todos los bienes; se llama ciudad y es la comunidad política.
En la Ética nicomaquea hay una implicación complementaria entre justicia y equidad, la justicia como proporción armoniosa entre las partes, cada cual cumpliendo su función. Esa proporción supone un conjunto de elementos de la educación griega: el conocimiento y el carácter del ciu-dadano. En la Ciudad, la degradación de esos vínculos y la despropor-ción entre los ciudadanos podría conducir a la violencia común y la edu-cación era necesaria justamente para que cada cual pudiera visar el bien común.
Así, Werner Jaeger, en su Paidea , afirma que la República es una reflexión sobre el alma humana, un libro de psicología en que Platón va a trazar profundo análisis acerca de la educación. Al cuidar del alma hu-mana él trata de la Ciudad. La tónica es un entrelazamiento de la Justicia y de la Ciudad y sus diversos tipos humanos, y al final hay una fuerte re-flexión sobre un tipo de político, que es el Tirano.

Se comprende que la formación del alma formaba la ciudad justa, y la ciudad justa producía la justicia en cada ciudadano. La violencia, en todas sus modalidades, surge precisamente en la ausencia de esta for-mación del alma y del ciudadano.
Cuando hay un abismo entre ricos y pobres, cuando cualquier for-ma de disciplina es vista como amenaza a la libertad, y cada cual busca sólo sus propios valores e intereses, la Ciudad estará abierta a la tiranía, y a una degradación generalizada.

La violencia, en ese marco, asume formas personales y colectivas. Dice Aristóteles: “Lo justo es lo que es conforme a la ley y respeta la igualdad, e injusto lo que es contrario a la ley y falta a la igualdad” .

La tiranía, descrita por Platón, asume muchas formas, que se rela-cionan con una mala formación y un desequilibrio en la ciudad y en el alma. El tirano tiraniza, pero es tiranizado por sí mismo. A menudo, la ciudad es tirana y cada ciudadano se vuelve tirano.

Estos diagnósticos y análisis acerca de la desproporción y la vio-lencia común asumen hoy una actualidad insospechada. El tema de la violencia es, sin duda, uno de los grandes desafíos para el pensamiento filosófico-jurídico en nuestros días. Es un fenómeno de la ciudad y de ca-da ciudadano y cualquier complejidad del problema.

1 – La violencia individual, urbana e institucional

Estamos en una cuadra de agitaciones sociales en todo el mundo contra situaciones injustas en la política, en la economía, en las institu-ciones públicas; es el momento propicio para analizar lo que es justo e injusto en las manifestaciones callejeras y en los actos practicados por las multitudes, y sus antecedentes de bandolerismo y vandalismo contra establecimientos públicos y privados, arrastreros, asesinatos sin causa.

¿Por qué tantos transgreden las reglas morales y jurídicas, que son los límites de la libertad personal y pública? Constituyen graves vio-laciones a las instituciones que deben regir la sociedad. Es una cultura de hábitos perversos de la civilización posmoderna, como afrontamiento a los fracasos de la modernidad.

Platón invoca el concepto de orden en el alma humana, sin res-tricción a la libertad del individuo, sino como la posibilidad de enriquecer su propia personalidad a través de la convivencia con los otros individuos de la comunidad a la que pertenece .

El orden enriquece el valor humano de cada miembro de la co-munidad. Es una orden de desarrollo espiritual, crea una realidad para afirmación de valores y virtudes que elevan al hombre a un plano supe-rior de humanidad.

En la República, Platón se inclinó a una discusión política sobre el sentido de Justicia en el alma humana, mirando la construcción de un modelo para la Ciudad, una circularidad entre Alma-Ciudad-Alma.

2 – Manifestaciones graves de violencia

Como impulso desordenado del alma, la violencia demuestra la ausencia de una conciencia colectiva de fraternidad, expresa por el desamor al otro (¿Quién es mi prójimo?, en la parábola del buen samari-tano), por el odio a los ricos, a la raza, las religiones, al extranjero, a otro país .
El hombre dividido en sí mismo se aparta de valores, virtudes, principios éticos, y también de las comunidades (familia, barrio, ciudad, patria), y tiende a hostilizarla.

Cultivar principios éticos, morales y valores espirituales, educar el alma, desde la cuna familiar a las carteras escolares y a las profesio-nes, es la clave y el camino para formar el hombre integral, el ciudadano sabio y responsable en gestionar la Ciudad, porque es capaz de dirigirse a sí mismo.

Es difícil discernir lo que es una reivindicación justa, de lo que son puros actos de violencia y de vandalismo. Hay, incluso, aquellos que emplean la violencia como única forma de resistencia y reivindicación social.

3 – ¿Cómo superar la violencia?

La familia forma seres humanos, que forman las ciudades y que componen el Estado, como esferas concéntricas de bien común. Por la violencia en las ciudades, el individuo expresa total indiferencia y ofende a sus comunidades. Es creciente la banalización del mal, en la afirma-ción de Hannah Arendt sobre el holocausto en Auschwitz .

Sólo se consigue superar la tendencia al mal y defenderse de las violencias si se adoptan posturas valientes, fundadas en valores éticos y espirituales.

Para alcanzar la finalidad última de su existencia, hombres y mu-jeres deben estar relacionados con tres planes inseparables: en primer lugar, en relación con el mundo, como seres de la creación; en segundo, con las personas, en una relación de igualdad, solidaridad, fraternidad; y tercero, la relación con un valor superior, el Bien supremo, Dios, en el cual se encuentra la raíz de la dignidad humana, la libertad, los valores morales.

De hecho, todos tenemos la libertad como símbolo valioso de la dignidad humana. El hombre fue creado libre, ser racional con inteligen-cia y voluntad para escoger su destino, la capacidad de disponer de sí mismo, de auto-determinarse; pues es en la violación de la libertad que el hombre comete las violencias contra sí mismo y contra su prójimo.

En la libertad de practicar el bien, el hombre revaloriza la imagen de sí mismo y de los demás semejantes. La libertad es, pues, atributo que implica, necesariamente, en responsabilidad en la toma de decisio-nes.

Esta es la meta de la humanidad: fuimos creados para la libertad, para vivir en plenitud los valores de la dignidad de la persona, comba-tiendo las injusticias por la no violencia de la justicia.

No esperemos que las violaciones cesen por sí mismas: antes empecemos por respetar a los seres humanos, rechazando cualquier tipo de opresión, llamando a los violentos al diálogo y a la razón, para cons-truirse la Ciudad solidaria prometida en nuestras Constituciones .

La aspiración de construir la ciudad justa es uno de los elemen-tos que históricamente orientan la búsqueda del bien común. Aunque la violencia sea también constitutiva de la historia, nos impulsa a rescatar los valores de la ciudadanía y la paz. No se trata de una mera opción cul-tural o espiritual, sino un imperativo de conciencia moral y política.

Por todo ello es urgente hoy, más que nunca, vivir en la dimen-sión de una nueva cultura de fraternidad, en el definitivo respeto a los de-rechos humanos.

4 – Valores humanos: cómo animarlos y defenderlos?

¿Por qué paramos en la señal roja? Es un locus privilegiado, donde Ética, Moral y Derecho se encuentran. Los cruces señalados son símbolos de la vida en la ciudad, el hábitat urbano de las personas. Allí, peatones y conductores se mezclan, en pasajes obligatorios para sus actividades citadinas.

¿Cómo regular el flujo de personas que caminan y vehículos que circulan por las vías públicas, sin que se choquen o se atropellen y no pierdan su libertad de ir y venir?

Los Estados establecen Códigos de Tráfico para peatones atra-vesaren en las franjas propias y vehículos por el lecho. En los cruces hay un orden lógico, natural y justo: la señal verde autoriza el paso, el rojo prohíbe, el amarillo advierte, en tiempos iguales para cada vía. Sin em-bargo, muchos ciudadanos no paran en las señales rojas, los transeúntes caminan fuera de la pista y los conductores apresuran el paso, obligando a los vehículos a ceder su vez.

En estos cruzes coinciden los mandamientos de la moral y del derecho, condensados en la ética social. Hombres y mujeres conscien-tes, educados en los principios del respeto al prójimo, no sobrepasan la señal prohibitiva. Al verlo, frenan de inmediato su vehículo, movidos por un comando racional, un actuar ético que proviene de su conciencia mo-ral, autónoma.

De otra parte, conductores que no obedecen y cruzan las calles en la señal prohibida, demuestran indiferencia a los valores éticos, desti-tuidos de frenos morales que inhiben sus impulsos egoisticos. Con su actitud, expresan total irreverencia para con los conductores con paso por la señal verde! Afrontan y se apropian de un derecho ajeno, con ries-go a la vida y a graves consecuencias materiales e jurídicas.

Moral y Derecho se integran en las reglas sociales de conducta: o creemos en la validez de los valores éticos que deben educar las per-sonas y los ejercemos en nuestros actos cotidianos, o la Sociedad, re-presentada por el Estado y sus agentes, nos cojen a obedecerlos por fuerza de la ley .

Las transgresiones violan las reglas morales y las normas jurídi-cas sintetizadas en la Regla de Oro: No hacer al otro lo que no desearía que hagan a nosotros mismos. Se puede aplicar los preceptos de dere-cho de Ulpiano, jurisconsulto romano: paramos en los signos rojos por tres motivos: para obedecer la ley (Código de Tráfico, principio jurídico); para obedecer a los padrones morales (vivir honestamente y no perjudi-car a nadie); y, sobre todo, por respetar el derecho del otro (dar a cada uno lo que es suyo). Cabe recordar la reflexión de Paul Ricoeur, por la cual el otro, diferente de mí, es igual a mí.

5 – El Bien común: la Familia, la Sociedad, el Estado

En la construcción del bien común las personas se asocian para formar un Todo: la familia, como su primera esfera de vida, las comuni-dades, los grupos intermedios y de las Ciudades a la Patria.

Los valores de vida fundamentales en el ambiente urbano (pólis, ciudad) deben ser la sociabilidad, la amistad, el amor, la fraternidad, la solidaridad y todas las inclinaciones morales exigidas en una convivencia mutua, feliz y pacífica entre las personas en la búsqueda de la construc-ción de un bien común familiar y de la vida urbana y política.

La violencia, entendida contra las personas, expresa un desorden del individuo, del hombre violento separado de su alma, en la búsqueda de bienes y placeres a cualquier costo, o ambiciones criminales, en per-juicio de la vida y dignidad de los ofendidos.

El individuo violento se aleja del bien común, se aparta del cuer-po social, se coloca como su enemigo: Caín asesina al propio hermano, Abel; dice la Escritura que su castigo fue fundar una Ciudad, donde aprendiera a convivir con otros hermanos, en comunidad; el Hijo Pródigo, dilapidó su herencia, pero se arrepiente y vuelve, reincorporándose a la comunidad familiar.

6 – La educación para la ciudadanía – la Pólis

Platón atribuyó a la educación una posición central en las rela-ciones entre razón y libertad, entidades que se complementan y desem-peñan una función esencial en el proceso educativo, formadoras del alma humana.
Al igual que Hannah Arendt y pensadores contemporáneos, Ri-coeur retoma y discute el concepto clásico de libertad: el actuar según lo que es lo mejor para sí, lo que debemos hacer .

Sobre la violencia, identifica que el mal que afecta a la persona humana, hiere su libertad. Y lo que asegura la libertad del individuo, resi-de en la Regla de Oro, que él prescribe como visar la buena vida con y para el otro en las instituciones justas.

¿Cómo conseguir en la Ciudad que sus ciudadanos al mismo tiempo sigan normas y sean libres? La libertad parece ser destructiva y enemiga de la norma, que es restrictiva de la voluntad humana.

¿Cómo conciliar la libertad y la necesidad impuesta por las nor-mas moral y jurídica? El actuar libremente no es elegir simplemente lo que es peor para sí, pero actuar de modo libre es saber escoger lo mejor para usted. De ahí que sea necesaria la educación moral.

¿Cómo revertir esta tendencia al desequilibrio entre el alma hu-mana y la Ciudad? El punto estratégico, la ciudadela más importante que hay que defender es la del humanismo, a través de la educación.

Hoy día, la escuela ya no transmite valores, sólo contenidos prác-ticos; y las relaciones escolares tienden a una cultura de guerra, a una competencia predatoria y a rivalidades internas, entre alumnos y de éstos con profesores, desde cursos elementales a las universidades.

Hay una precarización de la educación en muchos países; los hechos noticiados muestran falta de formación básica, que enseñe a los jóvenes a tolerar y convivir con la diversidad.

Gran mayoría de jóvenes llegan a la enseñanza superior con una formación pobre, en términos de valores e incluso de contenidos básicos, tales como leer, escribir, hablar y pensar.

Debemos insistir, a la saciedad, en la familia y en las escuelas, por la enseñanza de los deberes y de los derechos del hombre, como práctica de la libertad en las relaciones sociales, buscando la defensa del bien común.

Se ha demostrado una deshumanización de la cultura, con énfa-sis en la enseñanza técnica y tecnológica, y ausencia de disciplinas orientadas a la formación humanística (sensibilidad, emoción, espirituali-dad), para desarrollar los sentidos estéticos, artísticos y culturales que permitan el fortalecimiento del alma humana.

La ciudad debe, en fin, educar para formar ciudadanos que pue-dan gobernarla con poder y cultura, valorizando las virtudes de la demo-cracia. Así como fuera el alma del ciudadano, así será el alma de la ciu-dad que deseamos construir para vivir con calidad en instituciones justas.

La paz: bien común universal y finalidad de las comunidades

El bien común tiene por función y fin construir y mantener la paz y la justicia en las sociedades humanas. A los gobernantes compete orientar y proteger a los ciudadanos en la práctica de las múltiples viven-cias comunitarias.

A partir de la familia, primera comunidad humana, también lo son las asociaciones de clase, los sindicatos, las comunidades de barrios, las agrupaciones deportivas, los partidos políticos, los consejos profesiona-les y los emprendimientos económicos, especialmente en el ámbito de la Ciudad.
Hay, igualmente, las instituciones religiosas, de carácter especial y privilegiado, que trascienden los ámbitos político-administrativos, por abarcar grupos geográficamente escasos, que sobrepasan los lindes na-cionales: tales son las grandes religiones, católica, islámica, judía, hin-duista, budista y tantas más.

En todas las entidades, por la simple presencia de hombres y mujeres unidos con el objetivo de vivir buscando su bienestar, no sólo material, sino sobre todo cultural y espiritual, y para alcanzar la felicidad como un bien superior, se puede vislumbrar la construcción del bien co-mún.
En ese sentido se puede afirmar que la familia es el modelo más perfecto del bien común, pues lo que une a sus miembros, primariamen-te, es el amor recíproco, genuinamente humano. Además, la familia se conforma a la sociedad trinitaria en la Tierra: Padres, Hijos y el Amor que los une.
Cualquier acto de violencia ofende gravemente la dignidad de las personas, a la comunidad como un todo, y al propio Estado. En fin, agre-de y desconcierta el bien común en todas sus esferas.

El hombre nace digno por naturaleza, pero los valores éticos de comportamiento social lo perfeccionan. Hay que restablecer una política educativa fundada en el Humanismo integral, el insuperable pensamiento de Jacques Maritain, el hombre todo y todos los hombres, para formar ciudadanos dignos y defensores de las personas contra toda forma de violencia.

Conclusión
Después de 1968 las sociedades lenta y constantemente han presenciado una crisis en la ciudadanía, con el incumplimiento de los derechos humanos, por el uso de armas químicas (en la gue-rras), en el asesinato de civiles indefensos (en las invasiones de países), en las diversas guerrillas por el tráfico de drogas, en el bru-tal aumento de la violencia urbana, en el asesinato de citadinos y de policías, en el incumplimiento de los derechos de los ancianos, del no nacido, del niño, de la mujer, del inmigrante y muchos otros irres-petos.

Además, las migraciones forzadas por intolerancias religio-sas, la inaceptable alienación de la juventud, las multitudes sin em-pleos, la corrupción de amplias capas de los sectores público y pri-vado, las industrias volcadas hacia la producción de armamientos y tantas otras violencias contra la humanidad.

Una fuerte y factible posibilidad de repensar la condición del hombre en el mundo es justamente la propuesta de humanismo in-tegral por Jacques Maritain. Dentro de la crisis de la ciudadanía, es posible repensar al hombre y encontrar una salida por medio de la formación de ciudadanos responsables, en la dimensión del hombre integral.

Dentro de ese marco, el ideal humanista de Jacques Maritain ofrece una clave hermenéutica a proporcionar soluciones para amenizar y, por qué no decir, resolver esa crisis.

Se suman pocos en la historia los ciudadanos ejemplares, forjados en el temple de los valores humanos absolutos, pero todos tuvieron un rasgo de vida común, lo más perfecto liderazgo de ciu-dadanos, muchos fundadores de una religión o de una filosofía espi-ritual, como Buda, Confucio, Abraham y Moisés, Cristo, Mahoma y los fieles seguidores de la regla de la no violencia: Isaías, Jeremías, Sócrates, Francisco de Asís, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela, Madre Teresa de Calcuta y tantos más.

Carlos Aurélio Mota de Souza, Abogado, Profesor de Derecho, Mestre y Doctor por la Universida-de de São Paulo, Libre Docente por la Universidade Estadual Paulista. Fue Magistrado en el Tribunal de Justicia de São Paulo. Miembro del Tribunal de Ética del Orden de Abogados de São Paulo, y del Instituto Jacques Maritain do Brasil. Autor de obras jurídicas.